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Satisfecho [Libre]

Mensaje por Andrew Reynolds el Dom Jun 27, 2010 10:08 pm

Hace unos minutos:

Spoiler:
El hombre corría tan rápido como podía, se sentía lleno de placer, haberle quitado la vida a aquella prostituta bajo el puente le había llenado el corazón con adrenalina, con felicidad. Tenía que deshacerse del cuerpo, así que lo había enterrado en un cementerio hacia unas pocas horas, no sin antes profanarlo como un completo cerdo. Aquella chica no tenía ni veinte años de Edad... Que lástima, que desperdicio de vida. Ese hombre corría hacia la calle principal de Washington, en parte preocupado, en parte contento, pues había sentido aquella sensación de estar siendo observado en el Cementerio, aunque había alumbrado con su lampara, no había visto nada, la noche era más pesada que su vela. El hombre dijo algo, no lo entendí muy bien, pero no necesitaba hacerlo. Se detuvo en una lámpara que caldeaba alegre con su luz la esquina de la calle principal, en el extremo sur. Al parecer correr de la noche lo había agitado y ahora hiperventilaba con el brazo apoyado en la lampara, aún con sus ropas manchadas de la sangre de la joven y con el cuchillo en la otra mano, que asquerosa forma de vida era aquella.

- No se tú, pero a mi parecer acabas de meter la pata a la tumba.

Susurré apoyado en una pared en donde él no podía verme, aquel comentario lo asustó, así que se dio varias vueltas para ver, pero la oscuridad se interponía en su visión. Grito en pregunta de mi nombre, de quien era, como si le fuera a responder, como si me gustara que mi comida supiese lo que le pasaría. El hombre había salido de la luz y había empezado a dar fuertes golpes al aire con la mano en la que llevaba la navaja, algo bastante tonto de su parte, así que me acerqué a él agachado y en cuanto su brazo pasó por encima de su cabeza lo tomé y rompí los huesos de éste en varios pedazos. El hombre chilló, que lástima que la gente no se arriesgara a salir a media noche cuando escuchaban gritos, sabían lo que les convenía. Dejé que mirara mis ojos y mi sonrisa, la mirada nocturna de un depredador. Corrió de nuevo hacia la calle más cercana, así que me levanté despreocupado ya que él en su aceleración no se había dado cuenta de que era un callejón, podía escuchar su corazón latir diez veces por segundo, acelerado, al borde del infarto. Me acerqué con lentitud hacia él, con algo de diversión en mis movimientos, hasta que lo vi pegado a la pared, con el brazo roto cayendo a un lado, después de todo no podría moverlo nunca más. Preguntó lo que quería, el porqué le hacia aquello.

- Verás hombre, tengo que alimentarme, Usualmente lo hago en delincuentes como tú, pero no te lo tomes a lo personal, no creo que te duela más de unos cuantos segundos.

Susurré mientras me situaba frente a el y ponía ambas manos debajo de sus brazos de modo que no pudiera moverlos, y clavé mis dientes en su cuello con fiereza.

Ahora:

Pasé mi lengua por mis dientes unas veces, saboreando la poca sangre que había quedado en éstos, aprovechando que el hombre se había quedado seco. No fue dificil hacerlo parecer un asesinato por lobos, dejándolo a orillas de la ciudad y arrancando varios pedazos de su piel con los dientes, nada dificil para la ignorancia médica de aquellos días.

Caminé por el suelo pedregado de la calle Madison escuchando el leve eco que mis zapatos hacían al pegar en las piedras pulidas de la calle, a lo lejos se escuchaba una carreta nocturna, tal vez funeraria, usualmente a estas horas los asesinatos aumentaban y los enterradores se hacían de unos cuantos dólares bien ganados aprovechándose de la muerte de los inocentes.

Me detuve en seco echando la cabeza hacia atrás, acongojado por un perfume que flotaba en el ambiente, probablemente alguna mujer de la vida galante ya se había ido a cortejar a un hombre, era un perfume parecido al de Elena...

Una presencia también, no estaba muy seguro de si era conocida o no, estaba muy concentrado en alejar los instintos animales para que mis pupilas no tomaran el color rojo asqueroso que tomaban cuando un vampiro se alimentaba, era simplemente desagradable.

- ¿Quien me acompaña?

Susurré seguro de que el eco dejaría que escuchara mi voz, profunda, sedosa, como la que tenían todos los vampiros.
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Andrew Reynolds

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